El pánico que impide viajar en avión.



Anteayer, regresando de Francia a Barcelona después de diez días de trabajo, me sentía agradecida por estar subida en un avión, viviendo un aterrizaje con ciertas turbulencias y sintiéndome confiada y bastante tranquila. Para quienes no tenéis miedo a volar ni lo habéis experimentado nunca, éste debe de ser vuestro estado normal al ir en avión. Para mí, lo fue hasta cierto momento de mi vida. Pero a partir de un momento, que no asocio a ningún hecho traumático, cuanto más volaba, más miedo tenía. Hasta el punto de dejar de ir en avión. Estuve casi cuatro años sin volar. Perdí algún trabajo que implicaba viajar a otro país y dejé de ir a ver a mis sobrinos a Canarias. Nadie sabía que la razón era el miedo, y no la falta de disponibilidad de tiempo o dinero, que eran las razones que daba cuando alguien me preguntaba.

Después tuve una relación de seis años con un hombre de Málaga, un médico que alucinaba cada vez que íbamos a ver a su familia y veía como, a pesar de haberme tomado cuatro o cinco pastillas –benzodiacepinas y otras varias del mismo tipo– mi estado de ansiedad durante el vuelo era incontrolable. "Lo que te has tomado tumbaría a un caballo", me decía; "en cuanto aterricemos te dará el bajón". Pero no, porque en cuanto aterrizábamos, me ponía en modo "hay que coger otro avión para volver", y era casi imposible relajarme en todo el tiempo que pasaba en Málaga. Lo mío no era un simple miedo, era fobia. Aparecían los primeros síntomas en cuanto sabía que tendría que tomar un vuelo, quizá meses antes. El insomnio y la ansiedad hacían acto de presencia. Después, cuando compraba el billete y el viaje empezaba a ser más real, perdía el apetito. Y una semana antes del vuelo, empezaba con trastornos intestinales. Generalmente, el día que volaba tenía que tomar pastillas para la diarrea. Un cuadro, vaya.


Y llegó el día en que decidí tomar cartas en el asunto. Probé con alguna técnica que me ayudó mucho, pero lo que definitivamente me devolvió la calma y me hizo volver a viajar en avión con normalidad fue el Coaching Wingwave©.


En PNL me enseñaron que hay dos tipos de fobias, básicamente: las que tienen que ver con un estímulo concreto con el que se experimentó una situación traumática y frente al cual se repite la reacción (por ejemplo: me mordió un perro en el pasado, y cada vez que veo un perro tengo miedo; o tuve una mala experiencia en un avión, y cada vez que vuelo experimento el mismo miedo de aquel día); y aquellas en las que la reacción no tiene una relación tan directa o tan clara con el estímulo. Y aquí os explicaré el ejemplo de mi caso.


Yo nunca había tenido una mala experiencia en un avión. Es más, después de que empezase mi miedo tuve una, concretamente, muy fuerte. Pero no antes. Y sin embargo, el miedo apareció poco a poco. ¿Y cómo apareció? Aquella primera sesión de Wingwave© reveló que había una conexión con un estrés físico de algún episodio de mi infancia, relacionado con una experiencia en una atracción de feria que se llamaba El Saltamontes. Me vinieron a la mente recuerdos e imágenes que no había tenido nunca antes. El Europa Park de Benidorm era el parque de atracciones al que iba cada verano con mi familia. Me encantaba. ¡Me encantaba! ¿Cómo podía ser que aquello estuviese conectado con mi pánico? Parece ser que en esa atracción, que hacía movimientos muy fuertes, arriba y abajo, como en las turbulencias de un avión, mi cuerpo pequeñito tenía que estar en tensión y hacer mucha fuerza para no salir disparado. Aunque a mí me gustase la experiencia porque me divertía, para mi cuerpo era estresante. Y esa memoria corporal se activaba cada vez que, a bordo de un avión, había algún ligero movimiento. Mi cuerpo se ponía en guardia, en tensión. De hecho, en aquellos viajes a Málaga, al día siguiente del vuelo tenía agujetas como si hubiese hecho cinco horas de ejercicio en el gimnasio.


Sólo necesité dos sesiones para reprogramar en mí la experiencia de volar. Al cabo de un mes fui a Holanda, y días después a Líbano, haciendo escala en Italia. Como si nada, como si nunca hubiese tenido miedo. Al regresar de Líbano fui a Canarias a ver a mi familia, por primera vez en casi cuatro años.


Volar no me gusta, pero al menos me siento más libre para moverme a donde quiera y no vivo evitando coger aviones. Durante el vuelo, me pongo la música Wingwave© si detecto un poco de nerviosismo y trabajo con autocoaching como aprendí en la formación. Y funciona.


El Wingwave© va a la raíz del miedo, a su origen, a veces inconsciente, y crea nuevas alternativas en el cerebro para que esa vivencia tenga otro color, otro sabor, y para que se quede donde pertenece, generalmente en el pasado, sin condicionar el presente. Entre tres y cinco sesiones suelen bastar para solucionar el asunto.


Si tú también tienes miedo a volar (o miedos de otro tipo, como a conducir, a las arañas, cucarachas, etcétera), no dudes en abordarlo para vivir más ligera/o. Llámame o escríbeme si quieres más información. ¡Y buen final del verano!

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